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MADRID. La misión Phoenix, la primera que investigará sobre el terreno las regiones polares de Marte, está ya lista para ser lanzada a partir del próximo día 3 de agosto desde Cabo Caaveral, en Florida. Si nada falla, llegará a su destino en mayo del ao que viene y realizará observaciones durante al menos 90 días marcianos o, lo que es lo mismo, 92 días terrestres.

Su objetivo será investigar las condiciones pasadas y presentes del agua en Marte, así como la composición química del permafrost (suelo permanentemente congelado) de las regiones árticas y los cambios en la atmósfera. Sus instrumentos ellos un espectrómetro de masas, un horno para calentar las muestras, un microscopio atómico y una pequea estación meteorológica podrán observar materiales hasta 1.000 veces más finos que un cabello humano y analizar el aire del planeta rojo hasta los 20 kilómetros de altura.

“Hay vida en Marte? La ha habido alguna vez? Y, si la ha habido, o la hay, cómo es en comparación con la de la Tierra?” stas son las principales cuestiones a las que se enfrentará el Phoenix, de acuerdo con Peter Smith, científico de la Universidad de Arizona e investigador principal de la misión. Las preguntas, en efecto, son las mismas de siempre, pero gracias a los resultados obtenidos por misiones anteriores y al avance de la tecnología, parece que estamos cada vez más cerca de una respuesta.

La sonda de la NASA Mars Odyssey descubrió pruebas en 2002 de que el polo norte de Marte alberga agua congelada, y la europea Mars Express hizo lo propio con el polo sur dos aos después. En realidad, ya se sospechaba desde los aos 70 que el hielo de los polos del planeta rojo contenía agua, pero esta idea fue después descartada temporalmente, hasta que la reciente oleada de robots y naves orbitales encontró evidencias irrefutables.

Además, se sabe que el clima de Marte, al igual que el de nuestro propio planeta, es cambiante, y que en distintas épocas ha sido lo bastante cálido para albergar vida. “Durante estos periodos, organismos durmientes podrían volver a la vida”, seala Smith. “Nuestra misión es verificar si las planicies del norte son aún habitables”.

El cuerpo del vehículo era en origen el aterrizador de la misión Mars Surveyor, de 2001, que jamás llegó a volar

Varias naves en una

La nave Phoenix, bautizada en recuerdo del ave mítica que renacía de sus propias cenizas, debe este nombre a que, literalmente, se trata de un proyecto renacido a partir de anteriores fracasos de la NASA. El cuerpo del vehículo era en origen el aterrizador de la misión Mars Surveyor, de 2001, que jamás llegó a volar. Además, varios de sus instrumentos fueron diseados en su día para el Mars Polar Lander, que fracasó en su intento de pisar el polo marciano en 1999 debido a un fallo de programación.

El Phoenix, en realidad,
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es como varias naves en una. Por un lado, está la llamada etapa de crucero, que se encargará de completar el viaje de 196 millones de kilómetros. Una vez que se pose sobre el polo norte de Marte, se quedará fijo sobre el lugar de aterrizaje y se comportará como un robot geólogo, cavando hoyos con su brazo de más de dos metros de longitud y analizando las muestras que recoja en busca de agua y materiales que sugieran la presencia de vida microscópica en el planeta rojo.

La nave no irá envuelta en una pelota protectora, por lo que su choque contra el suelo marciano será muy peligroso

El descenso y aterrizaje sobre la superficie marciana suele ser la maniobra más delicada de la misión. Se han perdido ya varias naves estadounidenses, soviéticas y europeas durante esta fase, y también estuvo a punto de perderse el Spirit, uno de los dos Mars Rovers que precedieron a la Phoenix. Al contrario que éstos, la nueva nave no irá envuelta en una pelota protectora, por lo que su choque contra el suelo marciano será aún más peligroso: en vez de botar de un lado a otro hasta estabilizarse pasados unos minutos, el vehículo buscador de hielo se posará directamente sobre el lugar elegido.

En busca de un aterrizaje suave

Será, en palabras del ejecutivo de la NASA Doug McCuistion, director del Programa de Exploración de Marte, “el primer aterrizaje suave en 30 aos”. Para ello, se hará uso de un sistema de paracaídas y de 12 de los 20 cohetes propulsores que lleva el Phoenix para frenar durante el descenso. Todos estos motores emplean como combustible un líquido corrosivo llamado hidrazine, compuesto por hidrógeno y nitrógeno, y empujarán hacia arriba a la nave para que la velocidad de caída se reduzca desde magnitudes supersónicas hasta menos de 10 kilómetros por hora.

El resto de propulsores se usarán durante la travesía a Marte, aunque, en realidad, casi todo el empuje necesario para este largo viaje lo habrá aportado ya el cohete lanzadera, un Delta 2. Una vez sobre el suelo de Marte, la única fuente de energía a la que tendrá acceso el vehículo será el Sol, cuya radiación recogerá mediante dos paneles con forma decagonal y una superficie total de 4,2 metros cuadrados.

Una vez sobre el suelo de Marte, la única fuente de energía a la que tendrá acceso el vehículo será el Sol

Pese a que Marte es mucho más frío que la Tierra, la energía solar ha dado muy buenos resultados a los Mars Rovers, cuya capacidad para explorar este planeta ha superado ya las previsiones de los más optimistas. De hecho, el único problema que están encontrando estos robots exploradores son las tormentas de polvo, que ya han estado a punto de inutilizarlos varias veces.

Durante las últimas semanas, tanto el Spirit como su gemelo el Opportunity han sufrido sobre sus circuitos las inclemencias de la arena marciana. Sin embargo, parece que, una vez más, han logrado salir adelante. Teniendo en cuenta que la NASA pensó en un primer momento en una misión de seis meses y ya llevan más de tres aos estudiando minerales y rocas, más de un responsable del Phoenix firmaría hoy sin pestaear que su nave cosechara la mitad de éxitos que sus antecesores.

En este sentido, la buena marcha del Phoenix resulta de gran importancia para la agencia espacial estadounidense, ya que no sólo se trata del siguiente paso en el estudio de nuestro planeta vecino, sino que constituye la primera misión del llamado programa Scout, creado para lanzar naves de bajo coste que complementen a los proyectos principales. En un principio, el presupuesto máximo para cada una de estas misiones se estimó en 300 millones de dólares,
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aunque pronto se abandonó este tope por imposible.